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24 febrero 2010 3 24 /02 /febrero /2010 07:32

COMUNIDAD

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Me encanta este documental!! Wink pero no se cuando lo repitiran Frowner pero estare pendiente Smiler

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Publicaciones: 794 | Ubicación.: VENEZUELA | Registrado:: 11 December 2007 Responder con una cita.Editar o Borrar Mensaje.Reportar este mensaje publicado.
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Señores Del Fuego, El Viento, El Agua Y La Tierra

La galería era casi tan oscura como la noche reinante en el exterior; no obstante Isleiff se dirigió por allí apesadumbrado, arrastrando los pies pero sin embargo decidido, hacia una cámara situada en el extremo opuesto donde lo esperaba su Señor rodeado de un gran séquito compuesto por Guardias, Servidoras jóvenes y algunas Ancianas con el título otorgado de Reinas.
Tras una respetuosa inclinación de cabeza, el recién llegado comenzó.
-Es verdad lo que os han contado, oh, Padre, sobre mi gran dolor provocado por lo ocurrido ayer... Cuando acabaron con la vida de mi único amigo Selim, el más admirado incluso por aquellos que entre nosotros eligieron el camino de la crueldad más impía.
Horik permaneció sentado pensativamente, con su mano derecha apoyada sobre la punta de una estalagmita.
Gunnvor a su izquierda, considerada en otro tiempo una enemiga temible hasta por los soldados al servicio del Rey de Normandía, se levantó a medias recobrando en el corazón su antigua furia.
-Si no os ofende mi intervención, Señor, estaba en lo cierto tres días atrás al deciros que sólo teníamos dos opciones: esperar que acaben con todos nosotros cuando aparecemos en su mundo, o escondernos cada vez más para sobrevivir.
-Calma, Gunnvor; también sé cuánto sufriste en lo mejor de tu juventud cuando eras hermosa y terrible (de lo primero aún conservas mucho), cuando los hombres que no se atrevieron a enfrentarte mataron en cambio a tu hermano Agantyr el Rojo.
"sin embargo tenemos una esperanza, por pequeña que sea... Y ahora me dirijo a todos para dar un anuncio.
"merced a nuestras antiguas Artes podremos estar en el mundo exterior pasando inadvertidos para los hombres. En esto concordamos todos los Padres de este Pueblo. Sólo debemos evitar hacer notoria nuestra longevidad y, en lo posible, la verdadera naturaleza escondida bajo nuestra apariencia humana.
"aprenderemos sus idiomas y costumbres... Cada uno ocupará así un lugar en ese mundo según sus intereses y las capacidades que posea, pudiendo volver al hogar ancestral con su antigua forma, cuando sienta el deseo de hacerlo.
"si en ese nuevo estado uno de nosotros establece un trato directo con cualquier miembro del mundo exterior, puede revelarle su identidad, pero únicamente si ya logró un grado de confianza absoluta, o uno de los dos se encuentra en verdadero peligro mortal.

"por cierto, allí son bastante comunes las asechanzas, los saqueos, las traiciones, los crímenes... Y también hay algunas plagas para las cuales no tenemos defensa.
"sólo me queda por decir que obren allí lo menos posible por su cuenta; busquen siempre consejo, mío o de otro Padre.
"el beneplácito para iniciar nuestra nueva vida llegará en pocos días.
"espero, Isleiff, que el dolor con el cual viniste sea compensado con creces cuando te encuentres lejos de tu hogar ancestral.

...Así pues, quedó establecido un porvenir para ese Pueblo lleno de magia y poder.
Por el momento, Isleiff se retiró con el corazón aliviado de su enorme pena.
Y esa noche, grupos de sombras moviéndose veloces cubrieron a gran altura los cielos que se extendían sobre Northumbria, Aquitania y Panonia, a casi quince años del siglo once.
Pero estaban bailando entre las nubes.

Ciertamente era él

Isleiff tenía ahora aspecto de noruego, pero sus ojos eran tan verdes como en su verdadera personalidad; hasta su nueva piel mostraba un matiz enrojecido, lo cual afortunadamente para él era común entre los habitantes de esas tierras nórdicas.
Cuando llegó a Skien, un pueblo de la costa más cercana a Jutlandia, recordó que aún debía aprender el idioma local. No obstante, una semana después ya hablaba normalmente el noruego.
En veinte días más pudo hacerlo también en danés, sueco, finés y un poco de islandés, merced a un comerciante venido desde allí en barco.
Todos los pobladores tenían continuamente motivos para sorprenderse, pues cuando ya dominaba los cuatro primeros idiomas relatando historias de su repertorio personal, formulaba o inventaba acertijos que a los otros les costaba horas resolver; pero ellos se divertían así igual que él, durante largas mañanas y tardes.
Sólo dos o tres personas en el pueblo lo miraban con recelo y tal vez con envidia, aunque Isleiff lograba esquivarlas invariablemente evitando encuentros innecesarios.
A veces desaparecía por tres días, para reaparecer habiendo incorporado algún otro idioma o contando sucesos ocurridos en los territorios situados al sur.

Una tarde en la posada donde él acostumbraba pasar el tiempo y relatar sus historias, se interrumpió en una de ellas apretando la mano con fuerza al ver entrar a un grupo de soldados jutlandeses los cuales, como él, no habían aparecido antes en ese poblado.
E inmediatamente supo que ya no tendría calma en su espíritu, pues entre ellos se encontraba el que había matado a Selim. Pero tal vez la recuperara con una venganza.
Isleiff dejó de ser entonces un centro de atención; aunque a decir verdad, por su propia mente corrían vientos caóticos y ríos ardientes.
El asesino de su amigo ostentaba atuendo de combate, con su espada ceñida al costado izquierdo y con más apariencia de superioridad que el resto.
Al Narrador -así lo llamaban todos-, en su caos de cólera interna, aquel vistoso uniforme lo perturbó más aún; vio el arma homicida y le preguntó al extraño por qué iba armado así.
-No sé por qué te molesta... El propio Rey de Jutlandia me nombró Caballero de su Guardia personal cuando en ese mismo país, que por supuesto también es el mío, di muerte a un monstruo sanguinario.
Los allí presentes comenzaron a prestar atención, pero su Narrador no dejó continuar al hombre armado.
-¡No era ningún monstruo! ¡Tú lo fuiste al matarlo así!
Isleiff casi se arrepintió por haber tenido esa reacción. Bajó la vista, aunque con los dientes apretados y el rostro enrojecido.
-¿Dices que no era tal cosa? ¿Por qué, acaso lo viste?
El Narrador no encontró aquí palabras con las cuales responder.
-Ya me parecía... No lo viste, cuando arrasó la región de Hedeby, ni el día en que atacó Odense.
-¡Estaba al servicio del Señor de Pomerania! ¡Tal vez aún lamenten allí su muerte!
"¿De todos modos qué viniste a hacer, a este poblado?
-Qué vinimos a hacer, dirás. El resto de los que llegamos aquí se encuentran cerca de la costa... Acompañando al Rey en persona.
"y no toleraré ninguna otra insolencia por parte de un desconocido... ¡Si puedes conseguir una espada, yo desenvainaré la mía y zanjaremos cualquier cuestión!
Los ojos del normando ardían mirando a su retador, el cual instintivamente dio un paso atrás, pero mantuvo la vista clavada igualmente en ese par de estrellas centelleantes.
-No se te ocurra desafiarme a un combate a muerte ni hacerme perder la cabeza, porque entonces la tuya quedará incrustada a la altura de tu envilecido corazón.
Como ya parecía inminente una reyerta, todos se alejaron quedando contra las paredes, para ver desde allí el posible duelo.
Sin embargo el Narrador no aceptaría luchar allí mismo, sino que resolvería todo lejos del poblado y sin testigos por ninguna de las partes involucradas; sería tres días después: el retador y él, Isleiff, cara a cara, pero éste último con su verdadera personalidad.

El contador de historias partió nuevamente a un lugar desconocido, pero volvió un día antes del fijado para la contienda.
Había ido a comunicar a Horik sobre el desafío y solicitar autorización para aceptarlo.
Isleiff llamó al extranjero -quien se rió casi todo el camino al comprobar que aquel normando no llevaba arma alguna-, y comenzó junto al jutlandés la caminata hacia el sitio apropiado para llevar a cabo su lid.
Luego empezó a hablar y su acompañante acabó por dejar de reír, cautivado por el ensalmo presente en esa voz.
-Querías saber si había visto al que mataste, ¿No?; pues bien... Vi y conocí a Selim el Sabio, quien era sabio hasta para nuestro Pueblo.
"él aprendió en un día cada lengua hablada desde Navarra a las tierras situadas más allá del Nilo; también les enseñó idiomas actualmente extinguidos en nuestro mundo, a pueblos que aún no poseían lenguaje propio.
"él colaboró con algunos famosos matemáticos orientales; ayudó a construir ciudades en lugares donde parecía imposible su emplazamiento; enseñó canciones, historias y leyendas mientras aprendía otras tantas en cada región por donde pasaba; instruyó a muchos artesanos en el trabajo con los metales, preciosos o no; perfeccionó en gran parte la navegación en esta península y otros territorios... Y esto es cuanto pude saber de sus actividades hasta que selló su amistad con el Rey de Pomerania poniéndose a su servicio.
-No sé de qué hablas... -dijo el jutlandés más tarde, cuando recuperó su desdén inicial. -Yo maté a un monstruo, un enemigo del Rey y de la paz en mi tierra... Por otro lado, un hombre más sabio que Aristóteles no puede haber existido ni existir jamás.
-¡En esto último estoy de acuerdo! -gruñó Isleiff, pero su voz había sonado esta vez como un verdadero rugido. -Ahora iré hacia esos árboles y cuando vuelva, empezará el duelo... Para que veas que soy yo mismo, no dejaré de hablar en ningún momento. Después, ¡Prepárate!
El Narrador caminó cerca de treinta metros hacia unos avellanos, hablando de tesoros escondidos, dragones antiguos y actuales, victoriosos o caídos, benignos o entregados al mal.
Pero cuando terminó de pasar tras los árboles, y el hombre armado aún podía escucharlo con claridad, se deslizó raudamente hasta quedar frente a su atónito enemigo.

Ciertamente era él, por sus ojos verdes aún centelleantes y su voz, tan autora de acertijos como intérprete de historias.
-¡Como ahora me viste realmente, voy a decirte que si bien era el más sabio de cuantos vivimos en esta época (y me refiero únicamente a los míos), Selim era para mí el único amigo actual, y el mejor que tuve en toda mi vida!
El Narrador transformado sacudía su mano amenazante, cerrada con fuerza, justo frente al Caballero del Rey; sus dientes brillaban a escasos veinte centímetros de la cara del jutlandés.
Cuando su retador atinó a desenvainar, el de piel roja y ojos candentes lo golpeó una sola vez, que sin embargo bastó para hacerlo caer aturdido. El arma salió dando tumbos a más de tres metros y la legendaria Criatura la quebró en otros tantos fragmentos.
Entonces levantó al hombre del Rey por el propio cuello, para lanzarlo esta vez hacia los avellanos.

Finalmente atravesó la cota de malla con garras afiladas, duras como diamantes, y la arrancó limpiamente, al igual que la cabeza de su enemigo derrotado.
Cuando hubo cumplido con la venganza prometida, el portentoso Dragón se irguió sobre sus dos pies rugiendo al cielo, sacudió tres veces las alas y se elevó rápidamente, con la luz del Sol deslizándose por sus escamas color rubí.

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"Yo soy la Muerte, el Tiempo, y la Vida"
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La perla anhelada

La pequeña pero alegre compañía de trovadores trashumantes se detuvo ese día en Toulouse cuando se dirigía a Navarra, a mediados de 1150.
El grupo estaba conformado por un violinista nacido en Milán, dos cantantes de Toledo, un aragonés con su laúd (también componía los versos para sus obras); y por Bayazid, de Izmir, quien ayudaba en la composición musical y literaria.
Pero si su actividad parecía acabar allí, no había realmente nada más alejado de la verdad que esto.
Sus compañeros nunca lo habían visto dormir -tal vez lo hacía tres horas durante la noche-; cuando no escribía ni creaba melodías nuevas visitaba a diversos artistas pictóricos o músicos, recorría las iglesias más antiguas y las más modernas o hablaba lo mismo con médicos y alquimistas que con iluminadores, comerciantes u otros juglares.
Quienes lo acompañaban le creían capaz de estar en dos lugares a la vez. Si se alejaba de ellos por varios días, cuando se reunía con sus amigos traía siempre alguna noticia curiosa de algo ocurrido en algún lugar tan lejano a Granada como Esmirna (su propia tierra de origen), el Imperio Seldyúcida o las costas donde vivían los lituanos.

Fue en uno de estos viajes donde encontró a su perla soñada, la que faltaba en el tesoro de sus días.
Mumtaz se había empobrecido, pero era hija de un gobernante indio al cual habían logrado destituir; ella y algunos familiares sobrevivieron, pero tuvieron que dispersarse y posteriormente un hermano la acompañó con muchas penurias, del país de los Brahmanes a la ciudad de Damasco.
Bayazid halló su domicilio y no tardó en componerle versos que luego iba a entonar bajo su balcón, ubicado dos pisos más arriba.
Cuando unos ojos oscuros y tímidos atisbaban desde la ventana, apenas visibles por la cortina, él sentía que podía soñar tres días seguidos, o se imaginaba soñando en ese instante, o bien que en esa habitación ardían un par de estrellas.


"Yo, que sabía cantar,
una canción estoy viendo...
Yo que compuse mil trovas
hoy veo la poesía,
de dos luceros plateados
allá en tu celosía.

Yo, que sabía reír,
quisiera ver tu sonrisa...
Yo que alegro corazones
puedo ver el regocijo,
brillando como la Luna,
en medio de tus labios.

Ya no volveré a cantar,
a componer o a reír...
Si no me lo da tu amor,
o yo te lo doy a ti..."

Así pasaron más de cuatro días, pero él siempre encontraba a su adorada Mumtaz mirándolo desde la ventana.
Una tarde por fin, antes que Bayazid comenzara a cantar, la mujer india le arrojó un pañuelo perfumado, con un mensaje.
Levantándolo al percibir encantado el aroma oriental, lo atesoró luego de leer el mensaje escrito y le entonó a la joven su canto más sentimental.
Siguiendo las indicaciones, el Trovador volvió esa noche frente a la casa donde se encontraba su anhelada perla.
Tocó en un instrumento de cuerda tres notas -grave, media y aguda-, y ella, que ya había obtenido el visto bueno de su hermano, bajó al encuentro de su enamorado.
-Tengo que darte las gracias, hermosa mía, pues ahora podré volver a creer en los sueños. Sólo te pediré que también tú creas en ellos.
Bayazid la miraba a los ojos -o se miraba en los ojos de ella- mientras los dos hablaban abrazados. Luego la joven india sonrió, colmando aún más el deseo del Trovador.
-Déjame quererte y llamarte mi amada, hermosa mía.
"yo te llevaré lejos de aquí y seremos felices... Pues para nosotros habrá vuelto la edad de oro.
Mumtaz se durmió abrazada a él; Bayazid miró al cielo como buscando la Luna Nueva y la llevó, aún en sus fuertes brazos, para depositarla suavemente en una ladera, al sur de los Pirineos.
Cuando la joven despertó sin ver a nadie sintió temor, a pesar de que en la hierba había un mantel tendido, con comida y bebida abundantes.
Se incorporó llamando al artista venido de Izmir; entonces pudo escuchar la misma voz que la había cautivado allá en Damasco.

Al querer reunirse con su único amor guiándose por el sonido de su canto, vio a Bayazid; pero a Bayazid el Verde, con ojos de fuego; un par de cuernos como el ébano, delgados y similares a los de un toro; aguzadas garras en manos y pies; y sus grandes alas, merced a las cuales la había traído a esa región, para ella desconocida.
El joven Dragón siguió cantando ("Yo, que sabía reír..."), pero Mumtaz se desmayó. Entonces Bayazid se acercó para recostarse a su lado... No podía quitarle la mirada de encima un solo instante.
Sin cambiar su aspecto permaneció junto a la mujer desvanecida.
Casi todos los Dragones eran en esa época, erguidos, cerca de dos metros más altos que una persona, pudiendo estar de pie con dignidad y caminar normalmente; casi todos vivían en la superficie, y de éstos, la mayoría en un lugar poblado, como hombres o mujeres.
El único aspecto común a todos ellos era el de sus colores básicos: verde, azul o rojo, en todas las tonalidades.
En cuanto a los nombres que usaban, siempre eran sacados de los lugares donde tenían su asentamiento: el verdadero, el que tenían casi desde su llegada al mundo, sólo era conocido por su poseedor y por el Padre Dragón.
-No tienes por qué temer nada, princesa mía -le aseguró al verla despertarse igual de asustada. -Y prefiero que me veas desde ahora tal como soy.
Ella retrocedió un poco más; si en la altura no llegaban a ser impresionantes, tampoco eran menos majestuosos y respetables. O temibles si se los provocaba.
-Te ruego que escuches mi historia... -le pidió ahora el autor de versos. -Cuando haya terminado, simplemente acercaré hacia ti mi mano. Si apoyas la tuya sobre la mía, sabré que me has aceptado. Si por el contrario te alejas yo no te detendré, aunque ya no tenga motivos para cantar ni nada nuevo de ti, que pueda llevar conmigo.
"tú puedes quedarte a esa distancia mientras yo te cuento algo de mi vida.

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Entonces le habló, entre otras cosas, de su periplo por los distintos reinos de oriente y occidente; su existencia anterior en el mundo subterráneo; el pedido al Padre de su Clan para que le permitiera mostrarse ante ella tal cual era; y cómo había encontrado a los otros trovadores de su grupo.
La noble india aún estaba allí, pero él extendió su brazo lentamente, sin atreverse a mirar.

Pasaron varios minutos en los cuales Bayazid seguía con los ojos cerrados hasta que pudo sentir los dedos de Mumtaz rozando el dorso de su mano.
El enamorado Dragón Trovador pasó así de la incertidumbre a la euforia interna; sonreía.
-¡Gracias por aceptarme, hermosa mía! -repitió. -¡Déjame quererte y llamarte mi amada, para que pueda soñar y hacerlo sólo contigo!
Pero continuaba en su sitio, como si temiera volver a asustarla al acercársele... La joven dio entonces un paso hacia él y le acarició lentamente la mejilla, mirándolo ahora a los ojos.
Mumtaz se dio cuenta de que lo miraba tal como él lo había hecho mientras hablaban juntos una hora antes; y acercándose más, lo besó por primera vez abrazada a su largo cuello. Luego unas alas la protegieron de una repentina ráfaga de soledad.
-Hasta este momento -le dijo el Dragón poco después-, tú me tenías en tus sueños; ahora yo te llevo en los míos.
"puedo cumplir tus deseos más extraños, llevarte a sitios que hasta yo desconozco y pasar contigo una eternidad de horas felices, siempre que creas en mí.

La Luna Nueva empezaba a perderse tras el horizonte cuando Mumtaz disfrutaba de su paseo nupcial sobre la espalda de Bayazid el Verde, cuyas escamas resplandecían como esmeraldas por un Sol que aún no llegaba a iluminar la parte oriental de Aragón.


"Yo soy la Muerte, el Tiempo, y la Vida"
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El vuelo de Habib

El Imperio de Nicea se encontraba entre Grecia y Turquía; estaba cruzado por los ríos Sakarya (al norte) y Gediz (en el sur).
Contaba con seis ciudades importantes además de su capital Esmirna o Izmir: Amastris, Heraclea, Nicea, Cotiaeion, Laodicea y Mileto -también de norte a sur-, cuando Habib llegó desde Nishapur para establecerse en los aledaños de Cotiaeion.
No tardó en destacarse dentro de cada tema donde había incursionado, pronunciando discursos sobre astronomía ptolemaica, filosofía socrática (a cuyo autor defendía igual o más que a Aristóteles), retórica e historia natural.
Asimismo escribía o daba forma inicial a las teorías que luego otros desarrollaban y discutían con sus pares, fueran filósofos, artistas o teólogos.

Cierto día camino de su casa encontró a un niño laodiceo, sin duda huérfano, que no aparentaba siquiera doce años. Se apiadó de él y lo convirtió en su ahijado, dándole como nombre uno usado en su tierra de origen; lo llamó Zaidán.
Teniendo un buen techo para guarecerse y comida adecuada, el niño recibió lecciones diversas por parte de Habib. Una hora al levantarse la dedicaba a iniciarlo en las teorías socráticas, y cuando anochecía le enseñaba a reconocer cada estrella y constelación, simplemente caminando dos horas en campo abierto.
El resto del día, cuando él se encontraba con los demás maestros y sus discípulos, Zaidán acostumbraba reunirse con unos amigos que tenía antes de conocer a su protector.
Una noche Habib regresó con una idea maravillosa.
Apenas estuvo en la entrada se la transmitió a su ahijado: quería convertirlo en un gran hombre, para que en el futuro gobernara y fortaleciera el Imperio Niceo.

El día aproximado en que Zaidán tuvo dieciocho años, su tutor lo tomó del hombro y empezó a hablar, sonriendo.
-Ya tienes edad suficiente para conocer un gran secreto... Pero debes compartirlo conmigo únicamente, o toda la población se volverá contra nosotros. Salgamos y quedémonos entre los cedros.
"pues bien, yo vivía en una caverna subterránea hasta el día en que alguien cuyo nombre afortunadamente fue olvidado mató a uno de los míos, Selim el Sabio; y nuestros Padres -Thorkel, Ariberto, Horik, Mongke entre muchos otros- nos sacaron de ese mundo permitiéndonos vivir en este.
"ahora date vuelta o cierra los ojos hasta que yo te diga.

Dando la espalda a Habib, el muchacho seguía oyendo su voz hablándole sobre Horik y su paradero actual, la isla de Lemnos.
Finalmente su padrino le dio a entender que podía mirarlo.
-Ya está, me has oído hablar con mi verdadero aspecto y sólo estamos tú y yo. Cuando estés seguro de no asustarte, date vuelta.
Zaidán esperó cerca de cuatro minutos, imaginando que vería alguna Hidra o una Quimera; cualquier Criatura menos la que estaba tras él.
Se quedó petrificado al ver a Habib el Azul (tal era su color); los ojos eran casi dorados, como sus cuernos alargados y rectos; una hilera formada por placas triangulares le recorría la parte posterior del largo y delgado cuello.
El azul, por último, era el mismo que se veía en las pinturas egipcias tanto de las pirámides como de los objetos de uso diario.
-¡Eres un dragón! -Exclamó el chico laodiceo casi sin voz.
-Sí... Supongo que ahora comprendes la importancia de conservar, como hice yo hasta ahora, el secreto de mi identidad.
"sólo imagina cómo reaccionarían los demás si tú, conociéndome bien, parecías asustado al verme.
Pero el Dragón ya sabía que no podía ser traicionado en lo referido a su personalidad oculta, pues en eso había hecho su confidente a Zaidán.
Incluso si él llegaba a revelarla, iba a ser señalado como compañero de andanzas de un ser peligroso.

-Ahora déjame decirte algunas cosas... Casi desde que te encontré, sueño con abrirte un camino a un lugar destacado dentro de este Imperio.
"claro que para facilitar mi proyecto, forjado durante tantos años, te faltan algunos cambios. Para empezar, vamos hacia ese risco.
Zaidán lo siguió sin la menor idea sobre lo que le esperaba ahora... ¿Qué otras maravillas podía encontrar si había visto así a su tutor de tanto tiempo?
Pero el Dragón, sostenido sobre sus dos pies, apoyó su mano en la piedra oscura que se veía en el borde superior de la entrada a una cueva pequeña... Pequeña sólo en apariencia.
Algo en su interior se movió hacia abajo, o más bien un bloque macizo se deslizó dejando ver una entrada rectangular que les abría el paso a una especie de cámara funeraria.
Ahora la reacción de sorpresa del muchacho fue mucho mayor que al ver a Habib tal cual era, pero el Azul lo llamó desde su cámara de los tesoros.

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Si no hubiera tenido que prestar atención a su maestro, sus ojos pasmados se habrían detenido en cada joya, piedra, traje, arma, escudo y ánfora reunidos allí.
Pues cada ánfora -y eran exactamente cincuenta- estaba colmada con monedas doradas y plateadas; todas las espadas tenían empuñaduras de plata o incrustaciones de piedras preciosas; si la mayoría de los trajes se usaban en la India y los restantes en la antigua China y Mesopotamia, a ninguno le faltaban hilos de oro en su confección; cascos romanos, godos, celtas, helénicos y vikingos reposaban junto a los escudos correspondientes; las joyas y la pedrería por su parte, hacían palidecer -cada una por separado- a cualquiera de los demás objetos.
Las ágatas y las esmeraldas formando montones ordenados con otras piedras (sus lapislázulis y amatistas) en cada intersticio de la cueva, no eran nada para él comparadas con los zafiros, los ópalos pulidos, sus rodocrositas, granates, diamantes y rubíes.
Pero aún por encima de tales tesoros se hallaban allí tres piedras semejantes en su tamaño a hogazas, blancas y redondeadas, las cuales poseían fosforescencia propia y no se encontraban en ningún lugar conocido de la tierra.
En suma, había allí un caudal de riquezas como para distribuir generosamente entre cinco sultanes codiciosos, sin que ninguno fuera a quejarse por considerar escasa su parte.

-Bien, puedes llevarte este traje de príncipe bagdalí; te servirá para habituarte al tipo de atuendo que usarás en tu futuro reino.
"también, este saco con monedas de oro, para ayudar a enriquecerlo. En verdad, es aquí donde tengo guardados tesoros nuevos y viejos... Desde los tiempos en que vivía en el corazón de los volcanes.
"cada una de esas piedras blancas luminiscentes representan para nosotros los Dragones lo mismo que un vasto imperio que hubiera levantado un legendario emperador oriental, con casas y palacios de oro y plata.
Todos tenemos por lo menos una, y las cuidamos más que a la propia vida pues están vinculadas directamente con nuestro lugar de origen.
"hace pocos años, unos gnomos... se aprovecharon de la muerte de cierto Dragón caído en un duelo, para llevarse las que con tanto empeño había cuidado. No creo que podamos recuperarlas, y en ese caso quedarán en nuestro recuerdo como una sombra eterna de dolor.
Mencionando esto, Habib tuvo que dejar pasar varios minutos antes de continuar.
-Bueno, no pueden faltarte armas y tendrás que ejercitarte en su manejo. Toma las dos que te obsequio... Esta, como no dudo de que lo sabes, se usaba en Atenas, en la época de Alejandro.
"y este es un alfanje; debes practicar con ambas.
"mañana antes del anochecer empezaremos. Por el momento, regresemos a casa.
El Dragón cerró la abertura por medio del mismo sistema y volvió a su apariencia humana mientras Zaidán iba detrás, pensativo.
Habib pasó parte del día siguiente en un templo, conversando con los sacerdotes. Su ahijado cerró la puerta cuando se despidieron, permaneciendo allí hasta después del mediodía, cuando fue a reunirse con sus amigos.
En cuanto él regresó de su escuela le indicó con un gesto que lo siguiera; verificó la ausencia de ojos curiosos y se transformó por segunda vez en Habib el Azul.

-Muéstrame cómo practicaste con tu alfanje... No: usando una sola mano.
El laodiceo hizo silbar la hoja, curva y ensanchada en la punta.
-Muy bien, ahora con la otra.
"ah, veo que del lado izquierdo te falta cierta precisión, pero mañana nos dedicaremos por completo a eso. El resto de las prácticas decidí reemplazarlo con una lección inicial del árabe; es decir, las letras usadas en ese idioma y su pronunciación.
Tras un lapso de entre dos y tres horas de recitar cada letra del nuevo lenguaje, Zaidán parecía poder identificarlas por su nombre escribiéndolas correctamente.
El Dragón recuperó su otro aspecto y volvió a su casa seguido por el discípulo, quien se quedó a cerrar la puerta, pero luego de asomarse unos segundos la cerró nuevamente, apresurándose al oír que Habib lo llamaba.
-Ya lo verás, en pocos años te encontrarás disfrutando un reino que será tan admirado como el de los califas de "Las Mil y Una Noches".
Sin embargo, esa misma noche, el laodiceo tenía motivos para sentirse avergonzado.
Era la primavera de 1260.

Cuando volvieron a salir las estrellas, Zaidán no necesitó esperar que su tutor volviera del risco donde estaba escondido su tesoro, para saber que algo andaba muy mal.
-¡Fueron ladrones! -jadeó en el umbral. -Y hay hue... Huellas de cabalgaduras... Caballos, usados por ellos para acarrear mis preciadas piedras blancas... Mis zafiros y ópalos. Ellos... ¡Quédate aquí hasta que vuelva!
El discípulo debió permanecer en su sitio, respondiendo a las preguntas de quienes iban llegando.
Pasaron casi cuatro horas; y cuando Habib regresó, tenía el rostro marcado por la cólera. Pero se veía que había estado llorando.
-Tú..., tú les indicaste a tus amigos cómo entrar a mi cueva privada... Les diste la señal cuando te asomaste volviendo a cerrar... ¡¡¡NO PUEDO CREERLO!!! -Exclamó golpeando la puerta -que casi se partió en dos- con una ira cargada de desesperación y sufrimiento.
"¿Acaso no te esperan? ¡¡¡Vete con ellos!!! -lo sacó empujándolo junto a sus escasas pertenencias. -¡Vete de una vez, para que puedan repartirse el resto del botín que les dejé!
Los pocos que se habían acercado para ver qué ocurría empezaron a alejarse con las últimas estrellas. Dos o tres le apretaron el hombro a modo de consuelo.

El vuelo de Habib no expresaba victoria enardecida ni representaba un preludio para una vida llena de amor, como los de Isleiff y Bayazid, sino que evidenciaba su gran desilusión acompañada por un dolor inconmensurable.
Aun al descender terminó arañando la tierra mezclada con sus lágrimas. Se dice que allí mismo surgieron nuevos ríos, bajando de los montes Zagros. Pero él, ahogando un último gemido, abandonó para siempre Nicea perdiéndose en la región montañosa donde se halla el Ararat.
Su tesoro -el restante, había recuperado antes que nada las maravillosas piedras luminiscentes- fue sacado íntegro de allí por un grupo de Dragones Servidores del Padre que dirigía su Clan.
En cuanto al pueblo Niceo, quedó bajo el dominio del Emirato de Karasi, perteneciente al nuevo Imperio Otomano, en lo cual muchos vieron las consecuencias de haber provocado la partida de su Maestro Habib.


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Credo in unum Deum

Las Dragonesas eran mucho más escasas que los Dragones, pues sólo el primero de sus hijos nacía como un embrión femenino.
Por este motivo eran muy cuidadas y atendidas en su más tierna edad y en su juventud. Asimismo cuando ella estaba por nacer, el futuro padre biológico de la pequeña la protegía durante toda su etapa de incubación.
Luego le suministraba las presas que necesitara y, cuando alcanzaba edad suficiente, la llevaba sobre su espalda a la Corte, donde vivía con las demás Dragonesas Doncellas hasta que el Dragón Padre, asistido por sus Ancianas, la consideraba apta para procrear.
Con respecto a éstas últimas, permanecían al lado de su Señor cuando ya no podían ser madres o habían perdido interés en recorrer mundo.
Alcanzaban entonces el rango de Reinas, encargándose además de designar al sucesor del Patriarca cuando éste fallecía.
Por último, todas sin excepción eran consumadas expertas en las Artes Mágicas.

Fue en el primer cuarto del siglo 13 -cuando el desdichado Dragón pensador iniciaba su viaje a Nicea- que Evangelina se estableció en Vercelli.
Casi al llegar, comenzó a asistir a los oficios religiosos en la catedral de Fidenza; primero como feligresa, pero al año siguiente apareció con gran cantidad de cantos gregorianos (ella misma los había compuesto en latín) que fueron aceptados por el encargado del coro.
Pocos meses después, el Obispo de esa ciudad la llamó, rogándole que formara parte del grupo de Siervas de Cristo, en su iglesia, pero Evangelina prefirió no estar allí al ver que eran monjas de clausura; en cambio, para no contrariar tanto al Obispo, se integró al mencionado coro.
Iba a cantar tres o cuatro veces por semana, en cada oficio o celebración local; al notar el registro y la claridad de su voz, el director no tardó en darle estrofas enteras... A veces, ella cantaba sola. En tales casos, no se sabía si los asistentes a misa quedaban callados por consideración a la solemnidad del oficio religioso o para escucharla mejor.
/> Afortunadamente para ella, nadie sabía en Vercelli que cada diez o doce días y al anochecer, caminaba por un corredor invisible desde la entrada de su vivienda. Abría una pesada puerta de madera -llegando aquí se desvestía completamente; aún le costaba un poco transformarse si llevaba algo de ropa- y bajaba hasta el sótano donde una tabla que se levantaba en el piso la llevaba a una galería, uno de los accesos del mundo en que había vivido.

El año siguiente transcurrió sin muchos sobresaltos, para Evangelina y los demás.
En 1227 por el contrario, aconteció que encarcelaron a un veronés atrapado en la montaña, por un crimen atroz: había matado a los dos hijos de su esposa cuando ella quiso abandonarlo llevándoselos.
La población lo consideró un bárbaro y un salvaje; su encierro le hizo sentir que ya no se encontraba en el mundo de los vivos, pues en realidad lo habían condenado a muerte.

Unos días después, al final de una misa celebrada por Cuaresma, un ermitaño se acercó a la catedral donde cantaba Evangelina, para pedir agua y algo de pan.
Cuando vio a la mujer -a ella le daba la impresión de que estaba atravesándola con los ojos- sonrió y le hizo una señal, llamándola.
-Ven, vamos a hablar al otro lado del edificio... -Dijo, refiriéndose a Fidenza.
"acabo de recibir un mensaje celestial, y gracias a esa encantadora visión sé que sólo tú eres capaz de obrar con éxito de acuerdo con él.
"no sé quién eres, pues eso no me fue revelado. Pero por lo que experimenté, al verte me imaginé frente a un Ángel... En cualquier caso, debo transmitirte este mensaje: has de sacar de la cárcel al condenado a muerte y ayudarlo a rehacer su vida, con un hogar donde pueda formar una familia de bien... Hagas lo que hagas, nunca olvides esto: lo más importante de todo es una mujer que pueda amarlo.
Evangelina habría dicho algo pero tenía mil preguntas en su mente. El ermitaño volvió a sonreír y se alejó, convencido de haber estado con un Ángel.
Ella entonces dejó terminados algunos asuntos relacionados con su actividad dentro del coro y, luego de volver a su casa, fue a hablar con Thorkel, el Padre Dragón de su Clan.

Nuevamente en la ciudad, Evangelina vio que aún tendría problemas para cumplir con la misión encomendada por el ermitaño; no iba a poder valerse de su verdadera identidad sin que empezaran a murmurar contra ella.
Optó entonces por ir a buscar al anciano de la montaña.
Lo encontró en su ermita más de tres horas después y comprobó que él parecía estar esperándola.
-Pensaba bajar a Vercelli, pero me puse a orar y luego te vi por el camino abandonado que conduce hasta aquí. ¿Qué deseabas?
-Necesito ayuda de alguien, en esta difícil empresa, pues sería funesto para mí si liberara al prisionero con mi verdadero aspecto y me reconocieran luego.
"no soy lo que tú llamas un Ángel, pero tampoco soy un ser maligno; sin embargo, todos se espantarían si conocieran mi identidad oculta -tú incluido- y no dejarían de perseguirme hasta verme en una hoguera, ejecutada por la inquisición... En realidad, algo en esto me asusta. No creo poder hacerlo sola.
-Aunque no seas un Ángel, igualmente me parece ver en ti a una criatura celestial... De otro modo no cantarías con voz tan agraciada como la que pude escuchar ayer, al acercarme a Fidenza en procura de pan y agua.
El pensamiento del ermitaño era muy simple, tal vez demasiado para este caso ; pero aun así imaginaba que podía ayudarla.
-Realmente me gustaría poder aliviar la carga pesada de la responsabilidad a otro ser ; y con mayor placer si se trata de uno que parece recién bajado del cielo...
Evangelina meneó la cabeza.
-No me has entendido bien. Lo que llevo bajo esta apariencia sería considerado inmediatamente un símbolo del mal; "ha surgido el Anticristo, y el fin del mundo está cercano", dirían allí abajo. Ya lo escuché demasiadas veces. Y tú también te asustarías.
Pero el anciano parecía confundido.
-No sé por qué me dices todo esto, mujer. Terminarás haciendo que me encierre tres días en mi ermita sin atreverme a salir en absoluto.
"yo no percibí ningún signo de maldad en ti, ni lo percibo ahora. Por otra parte, supe que debía confiarte la misión en cuanto te vi.
La mujer suspiró; no tenía más remedio.
Luego de tomar la mano del solitario, puso sobre ella la cruz de su rosario; inclinando la cabeza, besó la cruz el tiempo suficiente para convertirse en la verdadera Evangelina.
Alzó sus ojos brillantes de Dragonesa hacia los de él, que estaban muy abiertos.
Retiró el rosario para colgárselo del cuello y depositó otro beso, esta vez sobre la palma del ermitaño.
-Creo in unum Deum... -Luego de recitar esto y entonar parte del "Kirie", la Criatura volvió a mirar al sorprendido hermano de la pobreza.
-¿Me comprendes ahora?, ellos no me darían ninguna oportunidad si me vieran así.
Con su color verde oscuro, alas como de murciélago y tres pares de cuernos cortos en la cabeza, no habría podido realmente pronunciar una sola palabra en su defensa.
El pobre hombre había quedado como si se le hubiera derrumbado el cielo encima; se dejó caer sobre una roca, apoyando su espalda contra la pared gris de la montaña.
Evangelina se sentó en el suelo, con el rosario nuevamente en sus manos terminadas en garras, a recitar una novena.
-Bueno... -dijo el anciano con voz entrecortada. -Trataré de ayudarte, aunque la misión no haya sido para mí. Pero antes te pediré que vuelvas a tu otro aspecto.
-...per saequla saequlorum, Amén. -Concluyó ella, y accedió al deseo del solitario.
Los dos bajaron hacia Vercelli al anochecer; aunque él no había pensado que tendría su parte de obligación, ahora no le era posible volver atrás. Sólo trataba de mantener cierta distancia con respecto a ella, durante todo el descenso.
-Ya tengo algunas ideas acerca de cómo entrar allí y sacarlo... Si no dan resultado o resultan impracticables, tendré que dejarme ver tal cual soy.
-Espero que no necesites llegar a eso... -Se estremeció él.
-O tal vez necesite algo de tu influencia.
-¿Mi influencia sobre ellos, por ser quien soy?, mira: empiezas a pedirme demasiado. Yo haré todo lo que deba hacer, excepto ir a abrir esa mazmorra.

A la mañana siguiente, la ayudó un envío de gárgolas provenientes de Francia.
-Son once obras del arte gótico, Señor Obispo -decía un individuo con aspecto de mercader-, como las que adorna el exterior de Notre-Dame.
-Pero aquí no podemos usarlas. Son demasiado grandes para esta catedral.
Apenas ella oyó la conversación, echó un vistazo a las gárgolas: todas tenían alas, colores varios y un monograma con la letra "T".
-Ah, Evangelina, no sabía que te atraían estas esculturas.
-Déjeme mostrarle algo, Señor. -Dijo ahora el visitante.
Con dos dedos en cada ojo de una gárgola verde activó un mecanismo. La estatua comenzó a mover sus alas lenta pero regularmente.
Otra a la cual apenas se le notaban las articulaciones podía caminar hacia adelante y volver a su lugar.
Y una tercera...
-¿Qué es esto? -Preguntó entonces enojado el Obispo. -¡No admitiré en Fidenza juguetes de aldeanos ni de saltimbanquis! ¡Aquí sólo habrán imágenes de Cristo, la Virgen y los Santos! ¡Puedes llevártelas o dejarlas allí, no estarán en mi iglesia!
Cuando el sacerdote se alejó, apareció el ermitaño sumándose a los curiosos cuyo número aumentaba cada segundo.
La mujer pensaba: "¿Once gárgolas? ¿Cinco de un lado y seis, del otro?".
Entonces se rió, a pesar de las miradas que se volvían hacia ella.
Evangelina podía ser la decimosegunda gárgola. Iría al encuentro del condenado a muerte y lo salvaría de su prisión, o de las manos del verdugo.

Luego prefirió no esperar tanto tiempo y se preparó como para sacar al reo de la celda.
Tras observar a los novicios de Fidenza, mirando hacia dónde llevaban las estatuas, permaneció en su casa esperando a que cayera la noche.
Al oír en la puerta tres golpes -fuertes pero temerosos- fue a abrir y volvió a ser la Criatura del Reino subterráneo.
El ermitaño estaba allí, completamente asustado, pero ella le indicó que echaran a andar rumbo al edificio donde se encontraban los calabozos.

Evangelina.jpg

Le tocó al hombre de la montaña distraer a los Guardias apostados en la entrada para que Evangelina pudiera aproximarse, sigilosa y casi invisible en la oscuridad, al muro lateral ubicado hacia poniente.
Ahí se quedó, totalmente inmóvil y deseando no temblar cuando la vieran, delatando tal vez su naturaleza y echando a perder todo.
Claro que previamente, en su casa, había buscado un sortilegio que le daría la apariencia de la piedra por varias horas. Pero el efecto sería completo recién pasados quince minutos, por lo cual esperaba no pestañear siquiera cuando los Guardias descubrieran su presencia.

-¿Viste lo que dejaron al costado del edificio ?
-No, ¿Qué hay?
-Una gárgola, sin duda, de las que trajeron ayer.
-Déjame verla... Algo las hace andar o sacudir las alas, según parece.
Probó tocándole la cabeza, tirando de los cuernos, apretándole los ojos... Finalmente se rindió.

-Creí poder encontrar el mecanismo. ¿Y para qué habrán dejado a ésta afuera?
-Bueno, no importa demasiado. Tal vez si se la mostramos a un mercader la aceptará, al menos por unas monedas.
-Me parece buena idea. Ayúdame a llevarla adentro.
Y mientras el anciano solitario observaba desde el umbral de la casa más cercana, Evangelina ya estaba en donde quería.

En medio de una oscuridad casi absoluta, la Criatura alada preguntó.
-¿Eres tú el hombre que atraparon en la montaña?
A través del ventanuco le llegó una respuesta afirmativa.
-Voy a sacarte abriendo la pared. Pero después, por lo que más valores en el mundo, camina delante de mí sin ver hacia atrás.
"conoces la historia de la estatua de sal, ¿No?, si no es así, no importa. Hazme caso y todo saldrá bien.
Pero cuando el golpe de la Dragonesa abrió un agujero haciendo saltar los pedazos, sucedió algo que nadie que no conociera el edificio hubiera esperado.
-¡Tenían perros!... Estaré perdida si me descubren. ¡Vamos, date prisa!
El veronés se movía torpemente, a causa de su prolongada reclusión en la mazmorra. Cuando Evangelina calculó que se hallaban cerca de la salida, vio que no podrían escapar por allí.
-Rápido, al piso más alto... No hay otro camino posible. ¡Tenemos que huir por alguna ventana !
-¿Cómo dices? ¿Por una ventana? -El condenado ahora parecía paralizado, pensando en los perros y en los Guardias.
-Sí, haz lo que te digo. ¿Qué esperas? ¡Corre!
"bueno, qué otra opción me queda ... Date vuelta, ahora.
Habían llegado al lado de otra ventana del mismo piso.
¡Y el condenado esta vez sí corrió, lanzando una especie de alarido!... Evangelina iba tras él, dando dentelladas como si quisiera devorarlo.
Cuando empezaban a subir así una escalera, se toparon con dos Guardias que bajaban, llevándolos por delante y continuando su atropellada carrera.
-¡Por allí! -Gritó ella. Y cuando el prisionero cayó, al querer apoyarse sobre el marco, la Dragonesa lo levantó en vilo para llevarlo de nuevo a las montañas.

-Bueno, ¿Qué te ocurre?, deja de mirarme así. ¿Acaso no te liberé?
"bah... En realidad, preferiría verte corriendo para que no me encontraran contigo. Arriesgué todo lo que pude conseguir en el pueblo : el reconocimiento del Obispo y la estima general.
"ah, es cierto, discúlpame. Ellos me conocen con otro aspecto, pero tú deberás conformarte con verme así.
De pronto divisaron a alguien subiendo directamente hacia el lugar en que estaban y con paso notoriamente ágil. Evangelina se apresuró a esconderse y asomó apenas uno de sus ojos amarillo verdosos.
El individuo era bastante más alto que lo normal para el promedio de Vercelli; aunque representaba mucha edad seguía cuesta arriba como una cabra montesa. Más bien parecía que no tocaba el suelo.
-¿Dónde te escondes, Evangelina? -Preguntó al terminar de subir. Ella tembló en su escondite, en tanto que el prisionero ya había subido a un árbol.
"bueno, como todavía andas desconfiada, dejaré que me veas mejor... Yo soy Thorkel; venía a felicitarte por tu éxito.
Apenas si había acabado de decir esto, cuando se metamorfoseó en el Padre Dragón del Reino intraterreno: de un hermoso blanco marfil y una altura superior a los tres metros y medio, aunque estuviera sentado.
Evangelina salió a disculparse.
-Thorkel, Señor mío... ¡Si hubiera sabido que erais vos, no me habría conducido así!
Él se inclinó para ayudarla a incorporarse, tomándola de la mano.
-No tienes que sentirte tan mal, si no me reconociste.
"fue muy buena, tu idea de aprovechar las gárgolas móviles para entrar allí.
-¿Las gárgolas?... ¡Con la letra "T"! -La Dragonesa estaba entre emocionada y sorprendida.
-Sabía que lo descifrarías. Yo las mandé desde Francia, donde fueron fabricadas, por medio de un fiel Servidor.
-Pues en ese momento no lo noté... Pero ahora que pasó todo, no me alcanzarán doscientos años para agradeceros, mi Señor.

El revuelo iniciado por la fuga del prisionero continuó creciendo en el pueblo mientras ellos aún hablaban.

La Dragonesa notó desde allí el alboroto; no podía volver en ese momento, ni siquiera como la Evangelina que todos conocían.
Resolvió entonces seguir allí, a pesar de sentirse obligada a estar cerca del veronés sin atreverse a revelar ante él su apariencia humana.
Pero aquí la acompañó el magnánimo Thorkel, quien entre sus numerosas habilidades podía aparecerse bajo el aspecto de cualquier criatura viviente.
-¿Y con qué propósito dijiste que debías liberar al prisionero? -Le preguntó, mirando sin embargo hacia donde él estaba escondido.
Ella le contó sobre el crimen, pasando a su encuentro con el ermitaño, el pedido del anciano y su problema aún por resolver, de que el prisionero rescatado pudiera volver a formar un hogar.
El hombre asustado aún seguía en las ramas donde había buscado refugio. Thorkel le dijo que podía abandonar su escondite y, extendiendo apenas su blanco brazo, lo bajó del árbol dejándolo en el suelo.
-Escucha bien, veronés -sus calmos ojos azul violáceo producían igualmente la impresión de atravesar al que era observado-: no vayas a causarle dificultades a esta bella y bondadosa Dama Dragonesa que tanto se arriesgó, y arriesga aún, para liberarte de la mazmorra que te correspondía por tu crimen.
"ahora lo mejor que puedes hacer es seguir por allí montaña abajo, lo más lejos posible de Vercelli. En cuanto al problema de tu futura esposa, eso dependerá de ti únicamente.
"así que puedes empezar ya mismo... Y no se te ocurra volver a hacer algo semejante.

En el poblado totalmente conmocionado, al día siguiente, las primeras sospechas cayeron sobre el ermitaño, pero pronto quedó libre de culpas.
Luego, por el testimonio de los Guardias, todos pensaron en aquel misterioso personaje de las gárgolas. Nunca más lo vieron, y por la tarde el propio Thorkel agrandó el misterio cruzando hacia los Alpes el cielo de Vercelli.
Las once esculturas móviles quedaron olvidadas desapareciendo tiempo después, recuperadas de algún modo por los Dragones.
En cuanto al veronés, su ruta iba a llevarlo primero hacia el este y luego hacia el sur, bordeando la costa del Adriático, para llegar casi un año después a la antigua Albania, donde pudo por fin rehacer su vida.
Pasarían muchas generaciones de sus descendientes, a lo largo de siete siglos, hasta que pudiera nacer Agnes Gonxha Bajaxhiu, venerada en la India y en el mundo entero como la Madre Teresa.

Evangelina estuvo en ese pueblo hasta 1229, cuando anunció que partiría muy lejos.
Nadie quedó contento con tales noticias.
Uno de los asistentes a misa ya se había enamorado de ella; los otros jóvenes suspiraban al evocar su voz y su belleza.
El admirador había estado visitándola durante sus últimos siete meses en Vercelli.
Cuando la mujer se fue, dejó por ella todo lo demás hasta que Evangelina, habiendo notado ya su presencia, continuó junto a su enamorado el largo viaje.
Tal vez le reveló su identidad; tal vez vivieron en alguna gruta lejana, como hombre y mujer.
Quizá él dejó de amarla al saber quién era realmente; o quizás no le importó y aún están juntos en alguna parte. La respuesta sólo la tienen los Dragones.


"Yo soy la Muerte, el Tiempo, y la Vida"
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Publicaciones: 541 | Ubicación.: ARGENTINA | Registrado:: 01 December 2007 Responder con una cita.Editar o Borrar Mensaje.Reportar este mensaje publicado.
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Published by JONATHAN ISMAEL FRIAS CONCEPCION - en LO SOBRE.-NATURAL
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